Editorial

Compremos pinturas a los pintores

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“Me gustaría ver la cultura de mi país más comprometida con los artistas, pues ellos se nutren y nos alimentan con la filosofía de su tiempo, rememoran en celajes nuestro profundo territorio, y sólo una vez a las miles los recursos del estado son orientados hacia ellos, como si no se les mirara con la altura suficiente.”

Lenka Chelén ama las plantas, imagina los caminos con cielos limpios, donde el aire fluye colorido por su pincel. Sus recuerdos son colectivos, y en cada trazo impregna su historia en la tela. Ama los caminos. Todo se lo explica a Theodoro Elssaca, con la calma del trazo celeste. Su patio de vida fue el norte, quizás su padre minero iluminó sus pigmentos mentales, Chañaral fue una cuna ancha donde sus huesos y experiencias crecieron, su talento autodidacta en México sembró su semilla. Su visión de país sin dictadura, realza el colorido de sus cuadros, Lenka pinta con su presente de presentes,  declara en su obra su eterna juventud, vitalmente profundiza en la belleza de las formas y los colores, más allá del instante de un click, y me hace pensar: ¿Por qué las pinturas que nos hacen caminar sobre nubes, no se venden como pan caliente?, quizás sólo un pan batido crujiente le compita al sabor de sus lienzos. Declara que la vida es sabia, y nuevamente pienso y me respondo, ¡No lo sé!. ¿Si la vida es tan sabia, porque somos tan necios los humanos?. Me gustaría ver la cultura de mi país más comprometida con los artistas, pues ellos se nutren y nos alimentan con la filosofía de su tiempo, rememoran en celajes nuestro profundo territorio, y sólo una vez a las miles los recursos del estado son orientados hacia ellos, como si no se les mirara con la altura suficiente. Quiero oleajes de óleos, azotando las playas de ignorancias compartidas, por ejemplo amaría ver las pinturas de Chelén sobre los grisáceos ternos empolvados de los profesionales de la política, sobre los académicos que duermen en los laureles de sus papers, sobre los cerebros opacos, flojos y pusilánimes del ciudadano común que sólo ama la tele y su mesa. Gozaría ver entrar una figura tridimensional de Lenka en el palacio de la Moneda, asustar con sus coloridas posturas a la rigidez de ceño fruncido que palpita entre esos muros, ensueño que sus animados seres colgantes, imbuidos del espíritu gigante de Alexander Calder brillaran iluminando esos gloriosos pasillos, hoy empaquetados, y que en alguna época fueron los corredores del pueblo. Mientras Theodoro juega con los móviles, Lenka eleva a la mujer, cuando el mundo duerme, Chelén esculpe el sueño de los artistas: flotar en la emoción de embellecer su camino y el de los demás, ya sea con el equilibrio armónico o con un tajo en medio de un libro dorado. La artista de sangre roja, chilena paciente, talentosa, fulgura, pues reconoce su propio camino. Sabe de la multiculturalidad de nuestro país, de nuestro planeta, y pienso… dejemos de comprar baratijas inservibles, desechables, espantosamente contaminantes, de bellezas nimias. Detengamos por un momento el paso rápido que nos conduce a las úlceras, la ansiedad y al accidente, miremos un cuadro de Lenka, observemos el paisaje de artistas honestos, cariñosos, que al igual que los árboles, oxigenan esta patria de estadísticas mentirosas, promesas vacuas e ineficacias veloces. Que el estado haga volver el arte a la escuela es fundamental, que los artistas impregnen las calles de sus obras es indispensable, los billetes se desgastan, las cosas brillan con destellos inservibles, una obra queda, se perpetúa, te enriquece, nos hace volver a creer en el poder de lo humano como catalizador del bienestar o del despertar divino de entender la hermosura de vivir. Detente un momento, busca la pintura, fíjate en los trazos emocionales y las historias que en ella conviven, ¡Compra una obra!, tu alma será más sustentable.     

Cristián Belmar Gallardo

Valpoesía

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