El oficio más duro

Flavio Vicente Lillo

Tanto para nada, se pregunta el poeta. La ciudad se ha llenado de vagos y desesperados y fue inútil luchar para nada. Algo, aunque sea una mirada alrededor, es necesario rescatar de la ciudad, del hastío. El paisaje se ha enrarecido, las masas a quienes se exaltaba, ya no están: 

“Veo pasar gentes como sombras,/ como lápidas en blanco,/ como lombrices bajo la piedra hueca” denuncia. Sólo ecos, aún persistentes en la memoria, acompañan su jornada; son los cánticos, los amores, la esperanza que hubo. Desnudada de ellos la vida es una cuestión a soportarse y recorrer con sumo cuidado. Su propio oficio resulta sospechoso, tarea de parásitos, asaltantes de cócteles, seductores de academias o funcionarios culturales. Porque Chile, nos recuerda, es un país lleno de poetas; pero también es un país donde a menudo se confunde el poder con el conocimiento y el conocimiento con el talento. A esta posibilidad él se rebela: “no soy de las academias/ ni de los gritos juveniles,/ no vine a descifrar el origen del vino”. Aunque cuanto le reste sea solamente escribir, escribirle a ella, como la maquinaria agrícola que rotula la tierra en busca de semillas; o una moledora de carne. La poesía, como él, cruza desconfiada por la espesura de la vida.
Vista de esta moda las páginas siguientes proponen a la revisión del camino como fuente de creación literaria. ¿De dónde nace la poesía sino de aquellas imágenes que restallan dentro del cerebro apenas se encuentran con el ritmo? Es un extraño baile de pasos errantes o para recorrer constelaciones esta práctica. Pero es la única fuente, parece decirnos, para desarrollar ese epitafio del mundo: la memoria de aquella, llámese amante, vida, esperanza, quien escribe en su piel o mordisquea versos ya repetidos.
Lo inhumano ha sido estar en el lugar y espacio equivocados. Tal generación estará destinada a consumirse, nada más, pues toda posibilidad había sido ya tomada; o negada: “Nos fuimos destiñendo,/ haciéndonos sombra,/ levitando sobre los pavimentos/ donde no caben más huellas”. En tal panorama de edificios tiesos de pánico, de amargadas calles grises -como el autor describe- la única posibilidad de permanencia es la escritura. El oficio del poeta no es otro sino el registro de una época del todo extraviada en nuestra historia, ingrata además, como las personas a quienes amamos y se hundieron en el silencio.
Pero nos queda la poesía.

Juan Cameron

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