El origen de la poesía

Antiguamente los hombres no tenían sobre la tierra, sueños, ni ilusiones, ni entusiasmos. Trabajaban con fatiga para conquistar su alimento. Eran todos enemigos, y luchaban sin tregua. Sus ojos no veían la belleza. Las criaturas humanas, sensibles sólo a la desesperada realidad de las necesidades materiales, no poseían la divina fascinación de la hermosura. Su pesado paso dejaba profundas huellas sobre la tierra, inútilmente cubierta de flores.
El mar tuvo lástima de los hombres y, un día de sus olas espumantes, surgió una inefable criatura: la poesía.

– Ve junto a los pobres mortales, oh, mujer eterna -dijo el mar-. -Te ofrezco cien almas, mil almas apasionadas. Te ofrezco el gozo del canto; tendrás de mí, que te he creado, unas veces la melodiosa paz azul; otras veces el espasmo ululante; a veces la frenética rebeldía. Tu rostro será mudable: en él alternarán la luz de la esperanza, el divino color del presagio, la sombra dorada de la alegría, la oscuridad del tormento.
Serás solar y nocturna, suave y formidable, clamorosa y acariciadora, pero siempre en ti habrá música y habrá belleza.

(…) Los hombres miraron el mar y temblaron de emoción. Se inclinaron hechizados sobre las vividas corolas, suspiraron siguiendo el vuelo de los pájaros. Todas las armonías se conjugaron para formar la belleza; todas se reunieron, por milagro, en el alma humana.

Un hilo invisible unió los cielos centelleantes con el ansia de las criaturas, el palpitar de la tierra con los dorados sueños.
Con la Poesía, el hombre conquistó el Cielo. Y Dios descendió a todos los corazones, llevándoles la más alta promesa.
La hija del mar, la poesía, avanzó, ligera, hacia los hombres. Acarició sus rostros impasibles, arrojó luz en los ojos sin sol, puso, en todas las almas, las tiernas notas de una canción. Y rió, danzó y lloró.

Besó las heladas frentes, estrechó todas las manos.
Entonces los hombres miraron al cielo y se asombraron de verlo tan amplio y luminoso.

Fábula Rusa.

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