Editorial

La cultura de los poetas muertos

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Escuchando y observando la entrevista de Theodoro Elssaca a Javier Cisneros, y su emocionado homenaje a César Dávila Andrade, pienso en los senderos por donde los poetas pisan, a veces tan ocultos, que sólo logramos verlos cuando mueren. En nuestro país, Parra, Neruda y Mistral conforman el triunvirato que la autoridad utiliza para ornamentar sus discursos, sus libreros y su falsa modestia cultural. Chile y su impuesto al libro, Chile y su ninguneo al arte en materias curriculares, Chile y sus artistas cesantes. A mi modo de ver, la ausencia de las artes en los espacios más relevantes de nuestra cultura formal, como lo es en la educación y en la economía, genera un vacío de liderazgos profundos, y sustrae a la comunidad nacional de una infinidad de acervos intelectuales y artísticos fundamentales para el crecimiento y maduración de una nación. Probablemente si Los Jaivas no hubiesen cantado a Neruda, Pablo estaría hoy en los anaqueles mal fichados, donde la gran mayoría de nuestros grandes artistas y pensadores hoy yacen. La cultura nacional no es sinónimo de economía, es la profundidad de un multiverso colectivo, donde la poesía tiene el valor fundamental, de hablarnos de forma libre, sobre la emoción profunda de lo humano y lo divino. Los poetas celebran y sufren con intensidad sus vidas y el tiempo que les toca vivir, ya sea en sus sólidas angustias y espacios solitarios, cómo en sus festivales de versos y festejos de cada noche. Escuchar a los y las poetas es reentender la hebra de la sangre, es reconocer el festejo del lenguaje. Siento que en la poesía aún quedan formas diversas de espejarnos los caminos, la emoción en ella, deviene de linajes supraculturales, que se enraízan u oxidan en esos tiempos presentes. Por ello, brindo por los poetas muertos, y salgo a compartir con los poetas vivos. Chile necesita volver a entender su propia poesía, pues sólo vive de nombres, por lo que es necesario detenerse, bajo un árbol, bajo los desafíos planetarios, con un libro en las manos y volver a aprender a leer. Tengo la extraña sospecha de que la poesía es el camino para retornar a la cuna pródiga de la vida, a aquellos que creen ser educados y exitosos, y que en los versos aún podemos sentir la vibración que incita e invita a los buenos corazones a ayudar a despertar el espíritu colectivo dormido de este pedazo de planeta, al que llamamos algunas veces Chile.
Cristián Belmar Gallardo

Valpoesía

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